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15 junio 2009

¿En qué momento Millonarios quedó herido de muerte?


Arnoldo Iguarán, uno de los delanteros más eficaces en su historia, da la respuesta: en la noche del 22 de abril de 1989, en Bogotá, cuando disputó el partido con Nacional de cuartos de final de la Copa Libertadores. Venía de perder en Medellín 1-0. "Teníamos un equipo magnífico para remontar y no pudimos, fracasamos".


El jugador -quien hoy tiene una vida tranquila y feliz enseñando fútbol en áridas canchas a los niños de su natal Guajira- cuenta que de los 1.000 partidos profesionales que jugó, ese fue el que más corrió y el más triste que perdió. En realidad quedó 1-1. Nacional pasó y al final ganó la Copa. El choque fue decisivo para los capos de la mafia que en ese momento eran los amos absolutos de los clubes de fútbol y marcó para siempre el destino de Millos.
 


Los jugadores de Nacional utilizaron toda su artillería para frenar a los delanteros azules -en especial a La Gambeta' Estrada y a Iguarán-: una patada aquí, un codazo allá y un puñado de faltas más que el árbitro Hernán Silva omitió. Hubo un visible penalti de Higuita a Iguarán, pero ocurrió una situación insólita: al juez se le cayó el pito, lo buscó en el césped, lo levantó y señaló un tiro de esquina.

Ese día los aficionados perdieron la inocencia. Tréllez marcó el gol visitante y corrió a celebrarlo a la tribuna azul. Un fanático le arrojó una pila que le rompió el rostro. Durante 10 minutos suspendieron el partido para frenarle el chorro de sangre. Y a la salida, las dos hinchadas se agredieron y se juraron eterna guerra a muerte.

Corrió la voz de que Pablo Escobar Gaviria -hincha de Medellín pero con grandes amigos en Nacional- había amenazado de muerte a la familia de Silva por el placer de mortificarle el rato y ganarle una millonaria apuesta a su socio de ilícitos negocios José Gonzalo Rodríguez Gacha, 'El Mexicano', dueño de Millonarios. Cierto o no, quedó al descubierto que el fútbol colombiano no era un juego de colores, sino un pulso entre grandes criminales.



'El Mexicano' juró no volverse a dejar humillar y se propuso hacer de Millonarios el más grande. Nacido en una familia campesina de Pacho, Cundinamarca, se enamoró del equipo al tiempo que se hizo esmeraldero, se formó como narco y creó el ejército más temible de sicarios con suficiente poder para desafiar al Estado. El gusto por el equipo era una obsesión que le transmitió a su hijo Freddy, quien, a diferencia de cualquier adolescente fascinado por el fútbol, podía pedirle al papá que le armara el equipo a su manera. Era normal ver al hijo en los vestuarios dando instrucciones a técnicos y jugadores. Por seguridad, 'El Mexicano'recurría a los disfraces. "En muchas ocasiones, se vestía como la mascota del equipo. Salía al campo con los jugadores, la gente sin saber lo aplaudía y luego se hacía en la fila con los policías a entonar el Himno Nacional, vestido como un tierno animalito".

'El Mexicano' no tuvo tiempo de realizar su sueño. Ese mismo año de 1989 -el 15 de diciembre- fue muerto por las autoridades en un escondite de Tolú, junto a su hijo. El equipo se quedó sin su más poderoso músculo financiero. La caída, de tumbo en tumbo, fue tan vertiginosa, que incluso se pensó en su disolución. Una situación que se mantiene hasta hoy.




En este lapso Millonarios pasó de ser propiedad de la mafia a ser controlado por la Dirección Nacional de Estupefacientes (DNE). Reyes advierte que el club debe pagar 3.000 millones de pesos el 9 de enero próximo, de su enorme deuda de 12.000 millones. Para esto se necesita vender su más valiosa propiedad -el lote de Fontanar-, pero el tiempo corre y es difícil que se logre si no se hace el avalúo del predio por el Instituto Geográfico Agustín Codazzi y se aprueba el Plan de Ordenamiento Zonal. Hoy el precio de venta varia de 9.000 hasta 30.000 millones de pesos, de acuerdo con el evaluador. Y si Millonarios no cumple, corre el riesgo de liquidarse.